Charly García: alegorías políticas en torno a la dictadura

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Haremos un repaso sobre algunas de las canciones de Charly García. Aquellos himnos generacionales que el máximo icono del rock nacional compuso para combatir la censura ideológica y cultural promulgada por la última dictadura militar en la Argentina.

Los siguientes fragmentos pertenecen a la edición especial para coleccionistas de la revista Rolling Stone, que salió a la venta en agosto de 2016, y en donde el medio celebra por primera vez de manera particular la vida y la música del artista más transgresor e icónico del rock nacional.


Inconsciente Colectivo (Yendo de la Cama al Living, 1982)

Por Pablo Plotkin:

“Como standard de fogón y góspel de la transición democrática, ‘Inconsciente Colectivo’ es una canción desfasada de su sonido primordial, melodía y letra disueltas en un estado de ánimo que conjuga el miedo y los sueños de libertad de una época. Al escuchar “Nace una flor, todos los días sale el sol”, lo primero que resuena en la mayoría es Mercedes Sosa, esa especie de voz en off de la conciencia musical argentina. Pero hay que volver a la grabación original del tema, la que cerraba el debut solista de Charly García de 1982. Tras la separación de Serú Girán, García relanzaba su carrera convertido en una celebridad nacional. Las expectativas eran enormes”.


Los Dinosaurios (Clics Modernos, 1983)

Por Oscar Jalil:

“Joe Blaney, el productor de Clics Modernos, recuerda que mientras Charly grababa ‘Los Dinosaurios’ en Nueva York, algunos amigos argentinos que presenciaban la sesión se largaron a llorar. El poder de conmoción de este clásico abrazó a todo un país justo cuando la democracia volvía a respirar. La línea “los amigos del barrio pueden desaparecer” bastaba para remitir y explicar un tiempo atroz. Lo más extraño, y eso también habla muy bien de García, es el modo que ha tenido de desligarse de los análisis que provocó la letra por más de 30 años: “Cuando la escribí no pensé en los militares…La letra tenía más que ver con el sentimiento de ausencia que se produce en uno cuando pierde algo, desde un amor hasta el cepillo de dientes”, dijo Charly García a Rolling Stone.


Confesiones de Invierno (Confesiones de Invierno, 1973)

“El tema que da título al segundo disco de Sui Generis es interpretado solo por Charly García. “Era algo que viví entre ‘Canción para mi muerte’ y el segundo LP”, contó. “Antes nunca había caído preso, recién en esa época me empiezan a llevar”. Hecha en torno a un Re Mayor arpegiado, ‘Confesiones’ es un folk semiautobiográfico de cinco estrofas que se despliegan como capítulos de una novela: un joven a la deriva que va preso y termina en el manicomio. La canción se convirtió en un emblema contra la represión: en Adiós Sui Generis el publico estalla en un aplauso cuando Charly canta aquello de “la fianza la pagó un amigo, las heridas son del oficial”.


Canción de Alicia en el País (Bicicleta, 1980)

“La influencia de Lewis Carroll en el rock se remonta a la psicodelia, pero no se había utilizado tan políticamente el imaginario de Alicia en el país de las maravillas como lo hizo García en este clásico de Serú Girán, una contundente alegoría sobre la dictadura. Compuesta para una obra de teatro, ‘Canción de Alicia en el País’ es una suite donde el autor apenas disimula su intención de hablar del terrorismo de Estado. El diseño operístico de la pieza y los cambios de tono en la voz de Charly puntúan un relato que se deforma al calor de la violencia que late detrás del espejo”.


No Bombardeen Buenos Aires (Yendo de la Cama al Living, 1982)

“El sinsentido de la guerra de Malvinas queda expuesto en esta letra esencial del García de los 80, con versos como “los jefes de los chicos toman whisky con los ricos/ mientras los obreros hacen masa en la plaza”, en alusión a Leopoldo Galtieri. La ironía de Charly muestra el miedo de la clase media porteña a que la guerra llegara a la ciudad (“¡No bombardeen Barrio Norte!”). “El tema habla de cuando sentís que se viene una mano re negra y aparentemente está todo bien”, explicó. El montaje es casi teatral, con cameos de personajes y coros que dialogan con la voz principal”.


Por Probar el Vino y el Agua Salada (La Máquina de hacer Pájaros, 1976)

“El placer y el castigo mueven las intenciones de Charly en este punto alto del debut de La Maquina. Folk y progresivo a la vez, ‘Por probar…’ muestra el costado sutil del grupo, revelado en la guitarra acústica de Gustavo Bazterrica y en la voz de García, ya afianzado como cantante. En el relato, la crisis y el poder sugieren referencias al inicio de la dictadura (“Los cucús lloran, los diarios no salen jamás”). Más allá de las alegorías, hay conexiones con ‘El rey lloró’ de Los Gatos y una idea de liberación en días difíciles para la rebeldía”.


El Show de los Muertos (Pequeñas anécdotas sobre las Instituciones, 1974)

El horror que impuso la Triple A inspiró el clima dark que domina varios momentos de Instituciones. Eran tiempos de lucha armada y terrorismo de Estado, un teatro de operaciones que García desmenuza con rigor documental y gracia onírica. ‘El show de los muertos’ es un blues psicodélico, colgado y espacial, armado con preguntas de los inocentes (“¿Cuántas veces tendré que morir para ser siempre yo?”) y la mueca de un sicario (“Que duerme tranquilo después de asesinar sin saber y ríe en su casa”). Un gran retrato de época que volvió a brillar en el concierto de 1999 para el disco en vivo Demasiado ego.

La maquina de hacer pájaros

“Mientras nosotros morimos aquí, con los ojos cerrados no vemos más que nuestra nariz” (‘Como Mata el Viento Norte’, 1976)

 


¿Para quién canto yo?

La dictadura comenzó en el país en marzo de 1976 y dos meses más tarde, García inauguraba su banda La máquina, como respuesta casi inmediata al Proceso. García había disuelto su banda Sui Generis en 1975, luego de muchos problemas con la censura. Su nuevo grupo, La máquina de hacer pájaros, produjo dos discos. El primero, también llamado La máquina de hacer pájaros, respondía musicalmente a los modelos del rock sinfónico inglés. No obstante, la música de La Máquina poseía el toque distintivo de García: sus letras desconcertantes. Al respecto, una crítica llegó a decir que sus canciones eran “letras ininteligibles por voces hermafroditas”. Sin embargo, lo “ininteligible” de las letras era precisamente lo que le permitiría a García expresar su desacuerdo con la dictadura sin que su vida corriera peligro. Años más tarde, revalidando el contenido cifrado de sus composiciones, el músico declaró: “De repente, me decían: ‘está la dictadura, no podés decir eso,’ y yo lo decía de alguna manera”. A continuación se explorarán algunas de “esas maneras” en las que García decía lo que dicho de otro modo le hubiese costado poner en riesgo su vida.

Una de esas estrategias fue utilizar la alegoría esópica. Sin embargo, la técnica retórica de García dejaba fuera la tradicional moraleja que educaba o predicaba cierta moral al lector, para abrir un espacio en el que el propio lector/oyente fuera quien debía crear su propia moraleja o conclusión. Esto lo hizo claramente en la primera alegoría producida por García bajo la dictadura: una máquina que producía canciones como si fueran pájaros. Los pájaros son aves asociadas directamente con la libertad, sus alas representan la capacidad de volar. La única forma de detener el vuelo libre de un pájaro es enjaularlo – ponerlo tras las rejas- o cortarle las alas. García y su máquina inventaban pájaros que no se podían enjaular ni censurar.

Al re-visitar este primer disco mencionado se puede identificar un manifiesto interés por reflejar el estado de la situación político – social generada por el régimen. Este punto de vista era muchas veces pesimista y construía un enunciador en conflicto con la realidad que lo rodeaba. Las temáticas de este álbum se organizan en torno a la alegoría de la percepción sensorial y del proceso de oxidación, como explicaremos en breve. Se trataba de una mirada solitaria y pesimista que contaba otra historia o presentaba un “cuadro de situación” que ponía de manifiesto el engaño de las autoridades y la imposibilidad de “ver” de muchos. Concretamente, la canción Cómo mata el viento norte jugaba con la idea de que la percepción sensorial puede ser engañosa: “un mendigo muestra joyas a los ciegos de la esquina.” El verso de la canción evocaba un conocido refrán popular: “no hay peor ciego que el que no quiere ver.” Se resaltaba el engaño (joyas: metáfora de lo atractivo, lo ostentoso, lo brillante) de los funcionarios de poca clase (mendigos: metáfora de “clase baja,” refiriéndose a la clase humana, no a la clase social) y la credulidad o ignorancia del ciudadano común (los ciegos de la esquina: metáfora del conformismo, interpretada según el refrán mencionado anteriormente.) La canción era un llamado a la reflexión de la audiencia: “con los ojos cerrados no vemos más que nuestra nariz.” Esta misma temática del “ver / estar ciego / los ojos cerrados” continuaba en No puedo verme más: No puedo verme. El chico de la guitarra gritó: necesito volverme negro. No puedo verme. Su mamá llora y llama al doctor para salvarlo del infierno.

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En esta canción, el yo lírico – “el chico”- pedía volverse negro para poder verse. Generalmente, lo negro es lo que no se ve y necesita ser iluminado por la luz para distinguirse. Contrario a esta generalización, “el chico” de la canción necesitaba confundirse, camuflarse, esconderse, volverse negro para no llamar la atención, pasar desapercibido y así poder “verse,” poder ver su verdadera identidad o ideología. Su madre, aparentemente víctima de la gran confusión generada por el régimen oficial y su retórica, atrapada en la jerga médica de la Junta Militar, llamaba al “doctor” para que lo “[salvara] del infierno.” Es decir, mezclaba lo corporal con lo espiritual. Ante la devastadora realidad, parecía haber pocas opciones viables: el encierro, el exilio, el ocultarse o cerrar los ojos para no ver.

Sin embargo, no todo era negativo y pesimista en las canciones de La máquina. García sabía que el Proceso no sería eterno. Entre las canciones que revelaban un mensaje de esperanza asociado a la temporalidad del Proceso se encontraba, por ejemplo No te dejes desanimar, en el cual García abría la posibilidad de un futuro diferente, más promisorio: Nunca dejes de abrirte, no dejes de reirte, no te cubras de soledad y si el miedo te derrumba si tu luna no alumbra, si tu cuerpo no da más, no te dejes desanimar, basta ya de llorar, para un poco tu mente y ven acá. … No te dejes desanimar no te dejes matar quedan tantas mañanas por andar.

Por otra parte, Rock and Roll invitaba al oyente: “desoxidémonos para crecer, crecer.” La alegoría de la desoxidación resultaba válida si se tiene en cuenta que es un proceso mediante el cual una sustancia pierde algunas de sus propiedades. Cuando el hierro se oxida, se aherrumbra, se enmohece. El hierro, metáfora de la fijeza y firmeza de los conceptos conservadores del régimen militar, se desgastaría, según esta interpretación, al contacto con “agentes naturales” como el aire o el agua salada, símbolos poéticos de la libertad y el dolor. Invitar al oyente a “desoxidarse” presuponía que ya estaba “oxidado,” que la rigidez de las ideas impuestas no podría preservarse en el tiempo, sino que se oxidaría. También era una forma de adelantarse a los hechos, de pre-ver lo que ocurriría con la acción del gobierno militar ya que la canción fue compuesta a poco de iniciado este período. Esta metáfora es continuada en Por probar el vino y el agua salada, en el que, al “olvidarse de ser rey (soberano) y de ser feliz,” el pueblo se oxidaba (probaba el agua salada), se detenía el tiempo, en una especie de stand-by (“los cu-cús lloran, los relojes sufren”) y se subrayaba el control de la censura sobre la prensa (“los diarios no salen jamás”).

En una palabra, en el primer disco de La máquina, las metáforas se combinaban en una estructura alegórica mayor que al hablar de percepción sensorial y proceso de desoxidación, simbolizaba la realidad que se percibía a través de los sentidos y era negada desde los medios de comunicación (“no vemos más que nuestra nariz”). Las canciones de García exponían esa sensación de engaño y manifestaban el deseo de persuadir a la audiencia para desoxidarse y explorar opciones alternativas.

(FAVORETTO, Mara. Charly García: alegoría y rock. Música Popular em Revista, Campinas, ano 2, v. 1, p. 97-123, jul.-dez. 2013)

Rock argentino: generador de espacios de resistencia

Gabriel Correa, que se desempeña como músico profesional y docente universitario, nos ofrece una muy interesante interpretación  en torno al papel del rock argentino y sus características relacionadas a la constitución de “espacios de resistencia”. Prestemos atención a los supuestos que viene a plantear Correa en base a determinadas producciones artísticas.

El soporte ideológico del naciente rock argentino

“Antes que nada, aclaremos que los inicios del rock argentino definitivamente estuvieron acotados a producciones que daban a luz en compañías grabadoras de Capital Federal. En los últimos años de la década del ’60, músicos porteños y rosarinos que adscribían al rock comenzaban a sacar a la luz producciones discográficas que estaban impregnadas de una estética que era el reflejo de un paradigma de pensamiento que se hizo definitivamente explícito en todo el mundo a principios de 1960. Y si nos dieran la posibilidad de definirlo en una sola palabra, diríamos» exploración». Las obras surgían de un background ideológico que podría ilustrarse con premisas tales como: «Las cosas no son lo que son sino lo que alcanzamos a percibir de ellas, y sólo podemos observar una de las innumerables perspectivas con las que podría observarse la misma cosa. No podemos, entonces, arrogamos la posesión de la verdad sobre algo, ya que sólo tenemos algunas perspectivas».

Esta mirada suponía una decisión de vida: tener una actitud de exploración constante de todo lo que nos rodea. Ese paradigma ya se había posado en el arte años antes y quizás quienes lo explicitaron frontalmente fueron los autodenominadas hacedores de la generación beat. En tal sentido, los autoproclamados «beatniks» configuraron un nuevo límite cultural que abarcaba desde el jazz de fines de los’ 40 hasta los principios del arte pop, influyendo en el discurso y los temas de las nuevas generaciones de escritores. Optaron por una actitud despojada de las falsas moralidades, que mostrara al hombre tal cual es, definido por la sinceridad del discurso. Estos ideales fueron determinantes en los músicos de rock de todo el mundo. Ya desde mediados de 1960 se alcanza a percibir que el músico de rock and roIl tiene nuevas pretensiones expresivas: vehiculizar sus ideales de búsqueda incluso prescindiendo de la cualidad otrora principal de esta música, que era el baile y el entretenimiento. Los músicos de rock and roIl empiezan a inquietarse cada vez más. Sus búsquedas empiezan a ser más pretenciosas: «elevar el género a la categoría de arte». Inundados por aquel afán exploratorio, eran permeables a toda expresión musical que les llamara la atención. Con ductilidad para el collage surge la necesidad de colorearse y hasta mestizarse con otros géneros musicales en pro de ese status artístico. Viéndolo a la distancia, caemos en la cuenta de que en los comienzos de 1970 el rock and roll plasma su primer cisma. De ahí en adelante se hablará de rock, a secas. Una teoría, con tintes de leyenda-homenaje, a la que adscriben la mayoría de los músicos de épocas posteriores, sostiene que la etapa de metamorfosis sonora del rock and roIl comienza a gestarse alrededor de todo lo que generó The Beatles, fundamentalmente a partir del disco Sgt. Pepper Lonely Hearts. Señalando, además, como uno de los principales catalizadores del cambio que empieza a operar en la lírica rockera a las retroalimentaciones creativas que surgieron de los encuentros de Lennon con la lírica de Bob Dylan.

Lo interesante es observar cómo la idea de rock mensaje/búsqueda empieza a desplazar a la idea de rock & roll=baile/entretenimiento. En Buenos Aires, a principios de la década de los ’70, Luis Alberto Spinetta redactó un manifiesto cuyo primer párrafo nos da pistas de algunas de las urgencias artísticas de aquella época: «Son tantos los matices que comprenden la actitud creativa de la música local -entendiendo que en esa actitud existe un compromiso con el momento cósmico humano-, son tantos los pasos que sucesivamente deforman los proyectos, incluso los más elementales, como ser: mostrar una música, reunir mentes libres en un recital, producir en suma algún sonido entre la maraña complaciente y sobremuda que: EL QUE RECIBE DEBE COMPRENDER DEFINITIVAMENTE QUE LOS PROYECTOS EN MATERIA DE ROCK ARGENTINO NACEN DE UN INSTINTO. (…) El rock es instinto de vivir y en ese descaro y en ese compromiso: si se habla de muerte se habla de muerte, si se habla de vivir, VIDA.


El grupo Manal, sobre bases de Rhythm & Blues, proclama un deber ser a través de letras como:

«No hay que tener un auto

 ni relojes de medio millón cuatro

 empleos bien pagados

 ser un astro de televisión.

 No, no, no pibe

 Para que alguien te pueda amar

 Porque así sólo tendrás

 Un negocio más.

 «No debes cambiar tu origen

 ni mentir sobre tu identidad

 es muy triste negar de dónde vienes

 lo importante es adónde vas.

 No, no, no pibe

No lo hagas que eso está mal

 Si tu madre te escuchara

 Moriría de llorar»

[Manal, Estrofas 1 y 2 de No pibe, Javier Martínez, 1970, Manal. Argentina, M&M, TK (34) 16209, 1994]


Si bien durante estos primeros años de la década del ’70 el corpus de música rock producida por músicos argentinos -mayoritariamente porteños y rosarinos- aún permanecía lejos de la masividad, ya empezaban a detectarse síntomas de una apropiación -por parte del incipiente públicoque rayaba con el fanatismo. En general, no era un tipo de público que va a ver un espectáculo esporádicamente sino que generalmente eran jóvenes que asumían el compromiso de ser seguidores. Especulamos que estos seguidores incondicionales pertenecían a sectores juveniles, más cercanos a la clase media, por lo general jóvenes estudiantes o ex estudiantes que -aún sin resolver de qué manera insertarse en un sistema que habían empezado a repudiar todavía trabajaban de «hijos». Pero -a su vez sienten que el mundo que les ofrecen sus padres, más allá de la contención afectiva y económica, los asfixia culturalmente. En líneas generales no se sienten representados en ninguna de las posiciones asumidas por los adultos. Estos síntomas -que pueden ser comunes a cualquier activo adolescente en distintos lugares del mundo- es posible que en la Argentina de principios de los ’70 se hayan canalizado -muy a grandes rasgos- de dos maneras: un amplio sector juvenil buscaba respuestas en la militancia política, en espacios de discusión donde más allá de adherir a la carta orgánica de tal o cual partido político, fundamentalmente se había centrado en idealizar la figura del exiliado general Perón como si se tratara de una especie de Che Guevara que se prepara para retomar el poder y plasmar los cambios que -a sus ojos hacían falta. Por otro lado, otra franja más pequeña de jóvenes, que no veían en la política nada que no fuera una expresión más de un mundo que no querían vivir, canalizaba sus expectativas a través de recreaciones del imaginario «beatnik», en espacios más bien marginales. Y, en líneas generales, las producciones de los músicos de rock tenían grandes dosis de este último imaginario. Podemos hablar entonces de que gran parte de la producción de músicos argentinos de rock, que se expresa en discos, recitales, publicaciones alternativas y esporádicos programas radiales, se convierte en un espacio que -si bien todavía no lo llamaríamos de resistencia- está ejerciendo una contención fuera de lo común, que puede visualizarse a través del compromiso de sus seguidores que empiezan a funcionar en la periferia como pequeños grupos militantes en pro de una serie de ideales específicos”. (…)

HUELLAS, Búsquedas en Artes y Diseño, Nº2, Año 2002, ISSN Nº1666-8197, p. 40-54