Gabriel Correa, que se desempeña como músico profesional y docente universitario, nos ofrece una muy interesante interpretación en torno al papel del rock argentino y sus características relacionadas a la constitución de “espacios de resistencia”. Prestemos atención a los supuestos que viene a plantear Correa en base a determinadas producciones artísticas.
El soporte ideológico del naciente rock argentino
“Antes que nada, aclaremos que los inicios del rock argentino definitivamente estuvieron acotados a producciones que daban a luz en compañías grabadoras de Capital Federal. En los últimos años de la década del ’60, músicos porteños y rosarinos que adscribían al rock comenzaban a sacar a la luz producciones discográficas que estaban impregnadas de una estética que era el reflejo de un paradigma de pensamiento que se hizo definitivamente explícito en todo el mundo a principios de 1960. Y si nos dieran la posibilidad de definirlo en una sola palabra, diríamos» exploración». Las obras surgían de un background ideológico que podría ilustrarse con premisas tales como: «Las cosas no son lo que son sino lo que alcanzamos a percibir de ellas, y sólo podemos observar una de las innumerables perspectivas con las que podría observarse la misma cosa. No podemos, entonces, arrogamos la posesión de la verdad sobre algo, ya que sólo tenemos algunas perspectivas».
Esta mirada suponía una decisión de vida: tener una actitud de exploración constante de todo lo que nos rodea. Ese paradigma ya se había posado en el arte años antes y quizás quienes lo explicitaron frontalmente fueron los autodenominadas hacedores de la generación beat. En tal sentido, los autoproclamados «beatniks» configuraron un nuevo límite cultural que abarcaba desde el jazz de fines de los’ 40 hasta los principios del arte pop, influyendo en el discurso y los temas de las nuevas generaciones de escritores. Optaron por una actitud despojada de las falsas moralidades, que mostrara al hombre tal cual es, definido por la sinceridad del discurso. Estos ideales fueron determinantes en los músicos de rock de todo el mundo. Ya desde mediados de 1960 se alcanza a percibir que el músico de rock and roIl tiene nuevas pretensiones expresivas: vehiculizar sus ideales de búsqueda incluso prescindiendo de la cualidad otrora principal de esta música, que era el baile y el entretenimiento. Los músicos de rock and roIl empiezan a inquietarse cada vez más. Sus búsquedas empiezan a ser más pretenciosas: «elevar el género a la categoría de arte». Inundados por aquel afán exploratorio, eran permeables a toda expresión musical que les llamara la atención. Con ductilidad para el collage surge la necesidad de colorearse y hasta mestizarse con otros géneros musicales en pro de ese status artístico. Viéndolo a la distancia, caemos en la cuenta de que en los comienzos de 1970 el rock and roll plasma su primer cisma. De ahí en adelante se hablará de rock, a secas. Una teoría, con tintes de leyenda-homenaje, a la que adscriben la mayoría de los músicos de épocas posteriores, sostiene que la etapa de metamorfosis sonora del rock and roIl comienza a gestarse alrededor de todo lo que generó The Beatles, fundamentalmente a partir del disco Sgt. Pepper Lonely Hearts. Señalando, además, como uno de los principales catalizadores del cambio que empieza a operar en la lírica rockera a las retroalimentaciones creativas que surgieron de los encuentros de Lennon con la lírica de Bob Dylan.
Lo interesante es observar cómo la idea de rock mensaje/búsqueda empieza a desplazar a la idea de rock & roll=baile/entretenimiento. En Buenos Aires, a principios de la década de los ’70, Luis Alberto Spinetta redactó un manifiesto cuyo primer párrafo nos da pistas de algunas de las urgencias artísticas de aquella época: «Son tantos los matices que comprenden la actitud creativa de la música local -entendiendo que en esa actitud existe un compromiso con el momento cósmico humano-, son tantos los pasos que sucesivamente deforman los proyectos, incluso los más elementales, como ser: mostrar una música, reunir mentes libres en un recital, producir en suma algún sonido entre la maraña complaciente y sobremuda que: EL QUE RECIBE DEBE COMPRENDER DEFINITIVAMENTE QUE LOS PROYECTOS EN MATERIA DE ROCK ARGENTINO NACEN DE UN INSTINTO. (…) El rock es instinto de vivir y en ese descaro y en ese compromiso: si se habla de muerte se habla de muerte, si se habla de vivir, VIDA.
El grupo Manal, sobre bases de Rhythm & Blues, proclama un deber ser a través de letras como:
«No hay que tener un auto
ni relojes de medio millón cuatro
empleos bien pagados
ser un astro de televisión.
No, no, no pibe
Para que alguien te pueda amar
Porque así sólo tendrás
Un negocio más.
«No debes cambiar tu origen
ni mentir sobre tu identidad
es muy triste negar de dónde vienes
lo importante es adónde vas.
No, no, no pibe
No lo hagas que eso está mal
Si tu madre te escuchara
Moriría de llorar»
[Manal, Estrofas 1 y 2 de No pibe, Javier Martínez, 1970, Manal. Argentina, M&M, TK (34) 16209, 1994]
Si bien durante estos primeros años de la década del ’70 el corpus de música rock producida por músicos argentinos -mayoritariamente porteños y rosarinos- aún permanecía lejos de la masividad, ya empezaban a detectarse síntomas de una apropiación -por parte del incipiente públicoque rayaba con el fanatismo. En general, no era un tipo de público que va a ver un espectáculo esporádicamente sino que generalmente eran jóvenes que asumían el compromiso de ser seguidores. Especulamos que estos seguidores incondicionales pertenecían a sectores juveniles, más cercanos a la clase media, por lo general jóvenes estudiantes o ex estudiantes que -aún sin resolver de qué manera insertarse en un sistema que habían empezado a repudiar todavía trabajaban de «hijos». Pero -a su vez sienten que el mundo que les ofrecen sus padres, más allá de la contención afectiva y económica, los asfixia culturalmente. En líneas generales no se sienten representados en ninguna de las posiciones asumidas por los adultos. Estos síntomas -que pueden ser comunes a cualquier activo adolescente en distintos lugares del mundo- es posible que en la Argentina de principios de los ’70 se hayan canalizado -muy a grandes rasgos- de dos maneras: un amplio sector juvenil buscaba respuestas en la militancia política, en espacios de discusión donde más allá de adherir a la carta orgánica de tal o cual partido político, fundamentalmente se había centrado en idealizar la figura del exiliado general Perón como si se tratara de una especie de Che Guevara que se prepara para retomar el poder y plasmar los cambios que -a sus ojos hacían falta. Por otro lado, otra franja más pequeña de jóvenes, que no veían en la política nada que no fuera una expresión más de un mundo que no querían vivir, canalizaba sus expectativas a través de recreaciones del imaginario «beatnik», en espacios más bien marginales. Y, en líneas generales, las producciones de los músicos de rock tenían grandes dosis de este último imaginario. Podemos hablar entonces de que gran parte de la producción de músicos argentinos de rock, que se expresa en discos, recitales, publicaciones alternativas y esporádicos programas radiales, se convierte en un espacio que -si bien todavía no lo llamaríamos de resistencia- está ejerciendo una contención fuera de lo común, que puede visualizarse a través del compromiso de sus seguidores que empiezan a funcionar en la periferia como pequeños grupos militantes en pro de una serie de ideales específicos”. (…)
HUELLAS, Búsquedas en Artes y Diseño, Nº2, Año 2002, ISSN Nº1666-8197, p. 40-54